Tema recurrente en muchos foros es el de la publicidad y el uso que ésta hace de los coches. Que los anuncios automovilísticos son casi una forma de expresión artística ya nadie, aparte de los necios y los carcas, lo pone en cuestión. Algunos grandes cineastas lo demuestran: en 1915, antes de ir a Hollywood, King Vidor realizó filmes publicitarios para la Ford; en Francia Yves Boisset los ha rodado para Renault; y Fernando Leon de Aranoa, entre otros nuevos realizadores españoles, firma varios de los recientes y sorprendentes spots televisivos de Audi, en los cuales apenas si se ve coche pero sobre cuya plasticidad y belleza formal huelgan comentarios.
Me fui por las levas. No voy a hablar de la publicidad de las marcas (tengamos la fiesta en paz) sino de la aparición de coches en los anuncios, sobre todo televisivos, para otros productos, y propiamente de su ejecución. Hoy abundan los clásicos: son efectivos porque llaman la atención, su imagen no se asocia a una marca distinta de la que anuncia y permiten darle un aire vagamente atemporal a la historia. Hay múltiples ejemplos que todos conocéis. Pero por lo general, en la televisión -anuncios, series, culebrones, telefilmes... dejamos el cine para otro día- los coches se eligen y utilizan de forma bastante chapucera. Nos hartamos de ver modelos inadecuados o fuera de época, mal coordinados con el guión o los personajes, luciendo placas reflectantes, escudos de clubes y adhesivos de ITV por doquier... el panorama es desolador, y ni los mismos profesionales del tema ponen empeño en mejorarlo. Como dice el clásico refrán castellano, business is business (la pela es la pela), y ya se sabe
que no hay business como el show business.
Los motivos que conducen a seleccionar un vehículo determinado pueden ser muchos, varios, algunos o ninguno. Ese último es el más frecuente. Entonces se justifica como los desnudos de las actrices recatadas, "por exigencias del guión". A todo ello se le suma la idea, muy extendida en el sector, de que la publicidad (quienes la fabrican) todo lo puede y todo lo compra. Meses atrás, en una productora televisiva buscaban un descapotable rojo para un anuncio de... bayetas. Empezaron pidiendo un BMW Z3, y tres días antes del rodaje resulta que de Z3 nada, tiene que ser americano y moderno: cinco o seis años como máximo, así que nada de clásicos. Les ofrezco un Camaro ’98 y después de tres reuniones, cuatro brainstormings, el sacrificio de un palomo -para escrutarle las entrañas- y dos consultas al oráculo dan su visto bueno: OK Camaro. Pero a última hora el tipo del coche se echa atrás y nos quedamos colgados. Así que propongo un Corvette ’93, también encarnado y convertible, pero no, de ningún modo, tiene
que ser el Camaro. Pues -qué quieres que te diga- no hay Camaro.
Cuando se convencen de que no hay otra opción que el Corvette, va el simpático corvetista y se raja. Bien. Corvette KO. Echo entonces
mano de mis recursos y la misma noche antes del rodaje me saco de la manga un Mustang ‘96 tan rojo, tan descapotable y tan yanqui como los otros dos. Ah no, de ninguna manera. Pero esperar a verlo, por lo menos... No, no y no, quiero el Corvaro; bueno, el Camette; bueno, ése. Incluso llego a perseguir en moto por la Diagonal a un Camaro rojo -que resulta conducir el mismo tipo que me lo ha negado por teléfono- tratando de convencerle, en marcha, mientras ruedo a su lado, desde Francesc Macià hasta Rambla de Catalunya. Nada, inútil. Así que vuelvo a casa, escaneo la foto del Mustang, la envío por e-mail -"bueno, veréis, en realidad no es un Mustang sino un modelo especial, casi igual al Camaro", ¡oh que bonito! justo el coche que necesitábamos, eres un sol... La paciencia y la astucia obran milagros. Y en el mundo de la publicidad -donde resplandece la verdad- son imprescindibles.
Manuel Garriga
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