"¡Ah! así que vuelves a ser automovilista..." me espetó mi amigo H. hace unos días cuando le dije que iba a quedarme la GTV que he estado utilizando últimamente. Desde que tuve que deshacerme de mi amado 2002 por motivos tipo 3 (conyugales, separación en aquel caso) he vivido unos cuantos años sin automóvil propio, tirando normalmente de bici o moto y, en caso necesario -regalías del oficio-, de coche de prensa. Y no lo he echado en falta para nada. Una chica con la que salí este verano un par de veces me dijo, convencidísima ella, que dada mi profesión "era absolutamente imposible que no tuviera coche". Como me considero un tipo educado le dí la razón, la acompañé a su casa -naturalmente en coche... prestado- y estimé prudente no volver a llamarla.
Algo bicho soy, ya sé, pero ¿Tan raro? ¿Qué tiene de extraño escribir sobre automóviles y, en cierta medida, pasar de ellos? Lo atractivo del asunto es para mi de orden más bien histórico, estético, cultural... dinámico también, claro (pocas cosas me complacen tanto como probar un vehículo que aún no he conducido) pero eso no implica una militancia ciega. Parafraseando por libre lo de "cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro", creo que cuanto más sé de coches más me gusta mi bicicleta. Lo cual no significa que abomine de ellos. Sencillamente, creo que hay demasiados -pues si, esa es mi opinión- y no me apetece sumar uno más a la vorágine automotriz si no es por estricta necesidad ¿Individualismo? ¿Excentricidad? No, tan sólo cuestión de
prioridades.
Mi reingreso en la cofradía de enlatados me ha llevado a una serie de (auto) reflexiones sobre el uso del automóvil. A veces, contemplando esta bella obra de ingeniería, hija repudiada del maestro Giugiaro, me pregunto para qué la quiero, adónde voy con ella... Vivo en una gran ciudad y trabajo en casa, así que se va a pasar la mayor parte del tiempo aparcada; hago mis recados a pie, en bicicleta o en transporte público, y si hay que ir rápido a algún sitio voy en moto. Bien, pues quizás lo que no pueda hacer con estos medios: salir de noche y volver tarde sin tener que disfrazarme de guerrero hi tech, desplazarme en compañía de más amigos, irme a esquiar en invierno... ¿Atascarme en la Meridiana? mientras pueda evitarlo, no gracias.
Si debo ser de nuevo automovilista voy a serlo como los de antes: el coche, para ir de paseo. Por eso tengo un vehículo que ni es práctico, ni es económico, ni es siquiera adecuado a mi actividad (¿o tal vez si?). Pero es bello, es elegante y es veloz; es mi dicha sobre ruedas y sé que lo tengo por el puro placer de poseerlo, porque me gusta oir la sinfonía biarbolada de sus muchos cilindros, más de los necesarios, rugiendo al escalar el cuentarpm; porque me encanta no poner el aire acondicionado y sentir el viento incondicional entrando por ambas ventanillas, bajadas del todo, para apreciar el bramido melódico del escape; porque me fascina jugar
con su equilibrada distribución de masas al 50% llevando el eje De Dion posterior una y otra vez al límite de su adherencia. Andar en este coche, o en cualquier otro que admita ser degustado -no tiene que ser necesariamente un superdeportivo- es una de las actividades más gratificantes que uno puede hacer vestido y en solitario. El secreto del amor por el automóvil está en saber disfrutarlo, no en sufrirlo. Hay gente que tiene como afición mirar partidos de fútbol, ir a corridas de toros o pasar la tarde del domingo clasificando sellos. A mi me gusta conducir for the sheer joy of it, sin más, lo cual exige determinadas servitudes que con sumo gusto asumo. Si, soy rarito, ya me lo decían en casa...
Manuel Garriga
|