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Ruedas a pares    VERSIÓN PARA IMPRIMIR
[ archivo ]   -  AUTOreflexiones 25   -   Enero, 2005

   
   

Decir que en este país las motos suponen algo más que un simple medio de transporte resulta una perogrullada. Son, desde luego, industria, pero también historia, deporte, sociedad, ocio, cultura... Se vive en ella con, de, por y sobre las dos ruedas. Y ciertamente, si cambian los tiempos -de dos a cuatro, eso parece irreversible- también lo hacen las motos y los motoristas. Años atrás la práctica civil o deportiva del motociclismo era una disciplina que en cierta forma obligaba; uno ejercía de motorista, y circulando por carretera lanzaba unas ráfagas de saludo al cruzarse con otra moto. Pura cortesía motera. Siempre tan suspicaz la DGT prohibió las señales luminosas, no fuera que nos estuviéramos avisando de la presencia de agentes agazapados. Otro clásico de la solidaridad motera era detener la marcha al encontrar una máquina parada al borde la calzada “¿Necesitas ayuda?” Cuando tu Metralla enmudecía se abría un abanico de posibilidades de avería, y con unas pocas herramientas desmontabas, hurgabas, cambiabas, ajustabas y, con suerte, arrancabas de nuevo, las manos grasientas y el corazón despejado. Ahora a nadie se le ocurre meter mano bajo el carenado de una CBR o una ZZR porque la electrónica de FP ya no le saca a uno del atolladero. Lanzar un SOS por el móvil marcando el número del RACC o enviando un SMS es lo único que se puede hacer en este mundo de siglas.

El biker rebelde de postal que vacila de bicilíndrica yanqui, el quemado ávido de asfalto sinuoso y de emoción en el circuito, el motociclista concienciado que desfila en cívica procesión para reivindicar un trato justo por parte de la administración y el descerebrado escuterista perforador de tímpanos ciudadanos con su estridente escape ilegal ¿tienen algo en común, aparte de las ruedas pareadas? Pocos de los que van hoy en moto se tienen a sí mismos por moteros. La mayoría sólo conduce por zona urbana escúteres automáticos, máquinas obedientes al giro del puño derecho que no requieren ciencia ninguna. Chavales en simiesca postura sobre urgentes 50 cc con el casco por montera y nula observancia de las normas circulatorias zigzaguean a todo gas entre coches y peatones. En una sociedad que prima la inmediatez, la gratificación instantánea, la máxima prestación en el plazo más breve, parece ocioso pretender otra actitud. Ignoran las reglas porque no las han aprendido, y quién va a decirles nada si se las salta todo el mundo, empezando por los gobernantes. Desde los 14 años se puede conducir una moto de 50 cc sin carnet -basta el graduado escolar y un examen- dado que en el programa educativo se incluye la formación vial. Esto en teoría porque la autoridad competente, tan timorata ella, cree más importante la educación religiosa que la vial, tal vez para que nos encomendemos a su Dios antes de salir a la calle.

Quizás por esto algunos circulamos en máquinas de hace treinta años, nos paramos antes del paso de peatones y no arrancamos hasta que el semáforo se pone verde ¿Qué maldita prisa hay? Correr por algo que no sea puro placer -siempre en zonas y condiciones adecuadas- o para acudir a una cita que no sea romántica es absurdo, sino directamente estúpido (si es el ser amado quien aguarda entonces toda urgencia es poca). Además, muchos desplazamientos urbanos que se hacen en moto pueden hacerse perfectamente en bicicleta, el vehículo más eficiente creado por el hombre según Gabriel Voisin, racionalista puro, diseñador de aviones y coches y padre del Biscuter. Pero al machito latino que habita nuestra conciencia colectiva la tracción a sangre todavía se le debe antojar indigna. Y hay algo aún más raro que un profesor de antropología en bici, y es un periodista del motor no sobre un sofisticado biciclo Porsche o Audi de medio kilo, vestido de colorines el domingo, sino en una discreta pero eficaz Splendor como medio de locomoción cotidiano.

           Manuel Garriga       FORO CAPRI CLUB MADRID

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