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La KH 1956 de Elvis Presley |
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A principios del verano, hace un par de meses, la ciudad de Barcelona se convirtió durante algunos días en un intenso festival motero. Al habitual zumbido de los enjambres de scooters, el petardeo de las Impalas y el bufido de las multicilíndricas orientales que pueblan el paisaje sonoro de sus calles, se sumaba una frecuencia más infrecuente: el estruendo de los pesados biclíndricos en V de centenares de Harley-Davidson, venidas de toda Europa para celebrar que la marca de Milwaukee, la más antigua en activo, cumplía cien años. Con este motivo organizó una gira mundial que sólo tenía dos etapas europeas. El Open Road Tour -así había bautizado el invento- ya había recorrido diversas ciudades americanas (Atlanta, Baltimore, Los Angeles, Toronto y Dallas) y capitales como Sydney y Tokio antes de recalar en España. A finales de julio el tour viajó hasta Hamburgo, donde se darían por terminados los fastos.
Que un fabricante de motocicletas monte una gira como si de una banda de rock se tratara puede parecer raro, pero estamos hablando de los Rolling Stones de las dos ruedas; y mira por donde, éstos -los de carne y hueso-, también se dejaron caer por aquí el último día. Además, para una buena causa: los beneficios iban destinados a recaudar fondos para la Asociación de Distrofia Muscular. No podía faltar el toque solidario en esta colosal operación de marketing (y legítima: ninguna marca puede presumir de centenaria, y menos con tanta salud) que sus promotores calificaban de the world's largest rolling birthday party.
El akelarre harlysta atrajo a las multitudes hasta el anillo olímpico de Montjuïc, un lugar para pasear, ver, mirar, exhibir y ser exhibido. Además de piel, humana y vacuna, tatuada y sin marcar, también mucho metal en exposición. Un grupo de modelos mecánicos, en una de las carpas del Expo Hall, nos dejó a los amantes de la historia del motociclismo ahítos de felicidad: un siglo de Harley-Davidson, desde sus orígenes hasta la actualidad, reflejado en las máquinas más representativas. La Celebrity Bike Display quedaba algo corta: una FHC que perteneció, según parece, a Elvis Presley, una Electra Gilde del rockero Bon Jovi, y se acabó. En cambio, el programa de conciertos previsto lucía un cartel de lujo: Simple Minds, M-Clan, Stranglers y Pretenders, con la sinpar Chrissie Hynde todavía al frente. La actuación de Sus Satánicas Majestades el último día no tenía nada que ver con el Open Road Tour, pero sus respectivas organizaciones se coordinaron para sacar todo el partido posible de la feliz casualidad.
Las demostraciones acrobáticas del especialista Craig Jones fueron seguidas por una legión de espectadores. El señor Jones dedicó tanto esfuerzo a mostrar como podía comerse en quince minutos el neumático trasero de una Buell (un modelo especial de Harley, superdeportivo y ultrapotente) a base de arriesgadas maniobras, como a averiguar si el publico lo pasaba bien gritándole cada cinco minutos "are you really having serious fun?"; lo mismo, para entendernos -apelo aquí a cierto espíritu generacional- que el televisivo ¿cómo están ustedes? pero chillado por un showman de Alabama. Bieeeen. A algunos les costó un poco aclararse. Un grupo de moteros intentaba desentrañar las indicaciones del programa y tomó al cronista, de cuyo cuello pendía una identificación acreditándole como media, por miembro de organización. "¿Habla español?" A veces. El folleto Barcelona Event Guide está todo en inglés, pero su mapa de símbolos diríase a prueba de monolingües. "Es que somos castellanohablantes" Ya. Eso de Live to ride ride to live en tu camiseta ¿que significa? "Bueno, eso.. no sé, algo de Harley ¿no?"
El harlysmo viene a ser como una confesión religiosa en la que coexisten variadas ordenes y credos. El tópico ultrapatriota yanqui, el skin que flirtea con el rollo nazi, el hippy sobre ruedas, el hortera forrado, el customizador extremo y diversos subtipos. Todos estaban presentes en la conmemoración -un sitio para comprar, también- y hacían cola durante horas para que algún miembro de la familia Davidson les estampara su firma en un artículo, como una camiseta, una gorra, un depósito incluso (pero eso si, only one item per person, please). Así podían tener su personal reliquia y mostrársela a sus hijos y a sus nietos.
El más solicitado era William G. Davidson, vicepresidente de diseño de Harley-Davidson Motor Company, nieto de William A. Davidson, uno de los cuatro fundadores de la empresa. El señor Davidson -"llámame Willie G."-, que empezó a trabajar para Harley-Davidson en 1969, no se ha limitado a ejercer de hijo y nieto de. "Mi padre, uno de los jefes de la compañía, no era de esos tipos que hubiesen permitido a su hijo poner un cartel con el nombre en la puerta del despacho y quedarse ahí sentado, sin más. Quería que hiciera realmente un trabajo en la fábrica; así lo entendí, y así lo hice." Willie G. es autor de muchos modelos de la marca y entre ellos de una moto mítica sobre la cual se le sigue preguntando, años después, como a un músico veterano por aquel tema tan existoso que un día compuso: la XLCR Café Racer de 1970, larga, negra y seductora máquina (aquí es conocida la que posee el fotógrafo madrileño Alberto García Alix).
La fiesta culminó con un espectacular desfile por la ciudad en el que participaron miles de motoristas, y el rectángulo formado por Montjuïc, Gran Via, Marina y el frente costero se convirtió en el Harleixample. En cabeza una decena de Harley de la Escolta Real, Willie G. y otras vacas sagradas. Harlystas alemanes, italianos, franceses, holandeses, alemanes, belgas, ingleses y escoceses sobre Harleys de todos los colores, tamaños, formas y estilos, hasta desnaturalizadas en trikes, estos aparatos de tres ruedas que combinan la parte delantera (horquilla, manillar, depósito y asiento) de Harley con un tren posterior y motor de... Volkswagen. Y dentro de una heterodoxia tolerada ahí estaba José Antonio Montes, unos de los popes del harlysmo histórico catalán, desfilando ufano sobre su bella Indian colorada.
Todavía estaban saliendo motos de la Avenida Maria Cristina y muchas subían ya hacia Miramar. Para llegar a la curva que divide la cuesta y poder hacer fotos tuve que meterme en la caravana. Algunos harlystas me miraban mal, tal vez porque sólo tenía un cilindro -en la moto- aunque eso sí, bien tieso. Quizás para compensarlo, un señor me gritó, bien fuerte y bien claro "¡olé tu Sanglas!". Más motoristas espontáneos se sumaron a la marcha con máquinas no precisamente americanas: escúters japoneses fabricados en Esplugues, clásicas dos tiempos catalanas, graves boxers alemanas de todas las edades, ciclomotores trucados a tope y trails de variado pelaje. Parece que a la gente le da por vitorear todo lo que desfila, sean moteros en Harley, cantantes de operaciones triunfales, reyes -tanto magos como constitucionales- en cabalgata o periodistas apresurados por el pluriempleo. Debe ser un acto reflejo: yo desfilo, tu me aplaudes, salimos en los medios y esa es la noticia del día. En primera. La larga marcha.
Manuel Garriga
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