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This is America    VERSIÓN PARA IMPRIMIR
[ archivo ]   -  AUTOreflexiones 14   -   Enero, 2003

A pesar de que, como invención, el automóvil tiene su cuna en el Viejo Continente durante los últimos compases del siglo XIX, es en el llamado Nuevo Mundo donde vive su gran eclosión y se convierte en símbolo de la sociedad industrial americana. No hay ningún otro lugar de la tierra en el que este artefacto haya llegado a imbricarse tan profundamente dentro del tejido de la existencia diaria de sus habitantes como ha sucedido en los Estados Unidos.

Fin del enunciado. Los coches americanos son grandes, amplios y excesivos. Como el mismo país. La cosa tiene, claro está, sus motivos: territorio extenso y esencialmente llano, se presta mejor a ser recorrido en paquebotes que no ruedan sino navegan por el asfalto; de ahí que el conductor yanqui medio sea más bien poco hábil al volante, y que algunos incluso ignoren la existencia del pedal del embrague. Historias apócrifas nos hablan de aquella señora de Florida que adquirió un coche con caja manual -se dice que la víctima era un Rolls Royce Silver Shadow- y se fue hasta Louisiana en primera... ¿Ah, no cambia sólo como todos?

Todo es grande y a lo grande: motores enormes, pesados cambios automáticos, pero también sus parámetros lo son: no cuentan en humildes centímetros cúbicos sino en pulgadas (cubic inches) y los caballos de vapor resultantes no los calculan como los ingleses, en rocinantes al freno (brake horse power) sino según las generosas normas SAE -motor pelado sin accesorios- en vez de las más restrictivas, ajustadas a la realidad y -¡oh, si!- inequívocamente europeas especificaciones DIN. Hasta la longitud es más larga: allí no hay ridículos kilómetros de mil metros sino millas (1.609 m) yardeadas por todo el territorio. Y en virtud de su tamaño el coche americano aparece, pues, más asible lo cual da pie a meterle mano con mayor facilidad.

Su peculiar idiosincrasia ha originado una cultura automovilística distinta de la nuestra, y en contraste con otros aspectos de la sociedad, muy bien informada de lo que ocurre fuera de sus fronteras. Curiosa paradoja. Disponen de una prensa del motor que le da sopas con honda al resto del mundo; sus revistas se venden por millones, opinan del tema sin seguidismo y hacen verdadera crítica -sobre todo con humor, mucho humor- pues no dependen tanto de la publicidad como de su circulación, contándose gran número de suscriptores. Road and Track y Car and Driver son modelos a seguir para los plumíferos de aquende el Atlántico, aunque no siempre estén libres de cierto chauvinismo.

Lo curioso es su actitud ante la cosa pública. "El gobierno detesta nuestros coches: nos dan demasiada libertad" decía David E. Davis, el Arturo Andrés yanqui. El espíritu pionero original rozando una vez más la cuerda del fascismo con su paranoia ante los burócratas "que todo lo controlan", sin darse cuenta de que su tan cacareada libertad termina ahí donde empieza la del vecino. Y si éste se llama Wang, Ramírez o Alí, vive más allá del Río Grande o allende la mar océana, que se joda. God bless America, claro, and fuck the rest ¿no?

Un año después del 11-S, siguen sin entender nada. Pero la administración Bush va a tomar serias medidas: por ejemplo, cada vehículo fabricado en Detroit saldrá de la cadena de producción con una bandera americana incorporada como equipo de serie. Cuidadín. Nueva York es algo distinto, aunque no mucho. Allí los negros y enormes Lincoln Town Car, antaño estandartes del poderío yanqui, languidecen como call cabs conducidos por emigrantes que ni siquiera hablan inglés (véase Night on Earth, de Jim Jarmusch). Ya han vuelto los techos de vinilo, así que no tardarán los salpicaderos de falsa madera para alegría de nostálgicos, pero no empecemos a chuparnos las... palancas de cambio todavía. Esto no es Disneylandia.

Por cierto, los coches americanos siempre se han prestado mucho mejor que los europeos a las evoluciones sexuales. Mera cuestión de espacio interior. Más grandes y tradicionalmente llevan las famosas banquetas corridas -no es ningún eufemismo sino su denominación en jerga latinoamericana-, y también por cuestiones de orden social y cultural. Así lo explica la escritora Nancy Friday, autora de la novela How to be Annie: "Crecí en un estado donde uno obtenía el permiso de conducir a los catorce años. Por esta época empezaba a despertarse nuestro interés por los chicos con los que habíamos crecido y jugado. (...) Los viernes por la noche teníamos nuestras primeras citas. Estar sola con un chico en un coche generaba excitación y ansiedad. Por ello fue en el coche donde se intercambiaron los primeros besos y una chica debía decidir lo lejos que quería ir (...) Pienso que, incluso hoy, para muchas mujeres hay una conotación sexual en el automóvil. Incluso hoy, cuando entro en un coche con otro hombre que no es mi marido todavía siento un cierto zing dentro de mi al oir el zunk de la puerta". Zing, zunk, ping, poing… ¡get up ya! creo que es hora de poner Sex Machine.

           Manuel Garriga       FORO CAPRI CLUB MADRID

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